Pancho Villa

lunes, 8 de agosto de 2011

Manuel Cristo Lárraga Orta



Por: Marvin Huerta Márquez

Manuel  C.  Lárraga,  nació  en  el  rancho  La  Labor,  municipio  de Tancanhuitz, San Luis Potosí, el 24 de diciembre de 1886. Sus padres fueron el señor Jesús Lárraga García (N. 1858 en Tanlajas, S. L. P.) y doña Manuela Orta. Sus abuelos paternos fueron don Manuel Lárraga y doña María Antonia Garcia. Tuvo cuatro hermanos: Leopoldo, Amparo, María Emilia y Glafira. Junto  con  su  hermano  Leopoldo,  poseyó  tres  de  las  principales fincas ganaderas del Partido de Tancanhuitz. En el año de 1902, estudió la preparatoria en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí.



El primero de izquierda a derecha: Coronel Pedro Zamudio Almazán (Alcalde de Villa Guerrero en 1919), Mayor Celso Castillo Almazán (sombrero de charro), Manuel C. Lárraga (pantalón y corbata negra) y el Capitán J. Felicitos Castillo Almazán (ultimo y vestido de militar)  Archivo: Marvin Huerta




 Permaneció nueve meses en las reservas del general  Bernardo  Reyes,  al  término  de  los  cuales,  recibió  el  grado  de subteniente. Por esos años, se desempeñó como “garrotero” de los ferrocarriles, en la población de Cárdenas, S. L. P. Posteriormente, trabajó en su rancho de  San  José  del  Tinto  hasta  1910,  año en  que  ingresó  al  “Centro Antirreeleccionista de Valles”.Al estallar la Revolución, tuvo activa participación en ella, aliándose a Pedro Antonio y a Samuel de los Santos y después a Gabriel Gavira. Al triunfo de Francisco I. Madero, colaboró con el gobernador potosino don Rafael Cepeda, en la formación de cuerpos rurales en ese Estado. A  principios  de  marzo  de  1913,  fue  acusado ante las autoridades estatales, de estar implicado con el Diputado federal José Rodríguez Cobo. Por esa época, se le unen los cabecillas rebeldes, Melitón Salazar y los hermanos Hernández; con ellos unidos, la Brigada “Lárraga” llegó a 600 hombres. La zona donde operaban principalmente, era el sur de Tamaulipas y el norte de San Luis Potosí. En abril de 1914, colaboró con el Gral. Pablo González en la toma de Tampico. A mediados de 1914, se une a la División del Centro comandada por el general Jesús Carranza  —hermano de Venustiano— y avanzan hacia la capital de la república. Por  esos  días,  Lárraga  y  sus  hombres  combaten  en  diversos pueblos de Guanajuato, Querétaro, Estado de México y Puebla. En octubre de ese mismo año, es ascendido a general. Al  triunfo  de  la  revolución  constitucionalista,  permaneció  varios meses en la Ciudad de México, pero cuando sobrevino la ruptura Carranza-Villa, marcho al Estado de San Luis Potosí con el objeto de impedir la progresión de las fuerzas convencionistas. El 24 de diciembre de 1914, sostienen una refriega con los hermanos Cedillo en Ébano, San Luis Potosí; comenzando de esa manera, una serie de enfrentamientos en ese lugar. El 25 de febrero de 1915, combate en el cañón del Abra —límites de Antiguo Morelos y Quintero— a los villistas de Manuel Chao. Por esa época, la zona que tenia asignada llegaba hasta Cong. Canoas —hoy Cd. Mante—. Jugó  un  papel  importantísimo  en  el afamado sitio de Ébano, el cual dio inicio el 21 de marzo de 1915 y finalizó el 31 de mayo del mismo año.  Entre el 19 de abril y el 29 de mayo de 1915, derrotó a los villistas en San Vicente, Tanquían de Escobedo, San José del Tinto y en Los Sabinos; todas ellas poblaciones de San Luis Potosí. A finales de abril de 1916, por orden de don Venustiano Carranza, fue a los Estados de Morelos y Puebla a combatir a los zapatistas. Después de combatir a las fuerzas de Emiliano Zapata, regresó al Estado de San Luis Potosí, estableció su cuartel de operaciones en la villa de Guerrero —Tamuín— y fue nombrado “Jefe de Operaciones Militares en la Huasteca Potosina”. A principios de febrero de 1917, Álvaro Obregón, entonces Secretario de  Guerra,  le  encomendó  la  tarea  de  acabar  con  Magdaleno  y  Saturnino Cedillo, campaña que llevó a cabo hasta septiembre del mismo año. La historiadora Beatriz Rojas  lo describe como “[…] Buen soldado, conocedor del terreno, se distinguió por su crueldad, a tal punto que más de una vez sus oficiales lo abandonaron para unirse al enemigo, como el teniente Odeón Velarde que, además de ser su jefe de Estado Mayor, era su cuñado —se pasó a los hermanos Cedillo—”.
También comenta que fue un especialista en la lucha antiguerrillera “[…] con sus prácticas de quemar los campos y de reagrupar a la población para aislar a los rebeldes y exterminarlos”. La historiadora se refiere a la época cuando combatió a los zapatistas y posteriormente a los hermanos Cedillo. En el año de 1917,  recogió en El Consuelo, municipio de Tamuín, la famosa escultura huasteca llamada “El Adolescente”, que es una soberbia muestra del arte huasteco prehispánico, por estar totalmente grabada con signos y glifos que han estudiado determinantemente los arqueólogos. Esta figura se la obsequio a su cuñado, el Lic. Blas Rodríguez, quien a la vez la vendió al Museo Nacional de México a través de don Joaquín Meade. No  llegó  a  ser  gobernador  de  su  Estado,  porque  no  apoyó  sus pretensiones la autoridad máxima de S. L. P., que para entonces era el Gral. Juan Barragán. En el año de 1920, no se adhirió al Plan de Agua Prieta. Se exilió en San Antonio, Texas, y regresó cuando Adolfo de la Huerta desconoció al gobierno de Álvaro Obregón. Durante la rebelión “delahuertista”, le ofreció a Adolfo de la Huerta su apoyo en la Huasteca. A principios de abril de 1924, cuando el movimiento rebelde estaba herido   de   muerte,   es   derrotado   en   la   congregación   de   Quintero, Tamaulipas,  huyendo  en  dirección  hacia  Antiguo  Morelos,  municipio donde  se  escondió  por  unos  días,  para  posteriormente  salir  rumbo  a Estados Unidos. En 1929, se levantó a favor de José Vasconcelos. Después se fue a colaborar con el general José Lázaro Cárdenas al Estado de Michoacán, cuando éste era Gobernador de esa entidad, pero al ocupar Cárdenas la Secretaría de Guerra regresó a su rancho de San José del Tinto a trabajar. Ahí estuvo hasta 1935, año en que Cárdenas del Río lanzó su candidatura para la Presidencia de México, colaborando con éste en su campaña. En el sexenio del general michoacano, fue nombrado comandante de la aduana de Veracruz; después de la de Matamoros, Tamaulipas; Progreso, Yucatán y Piedras Negras, Coahuila. Renunció a los cargos administrativos y se reintegró al Ejército, donde permaneció hasta su retiró en mayo de 1946. Fue partidario del Lic. Padilla en la contienda electoral contra el Licenciado Miguel Alemán; se le apresó por considerarlo rebelde, pero fue liberado por el general Gilberto R. Limón, Secretario de La Defensa Nacional. Escribió sus memorias. Falleció el 19 de abril de 1961, en la ciudad de Valles, San Luis Potosí; lugar donde actualmente descansan sus restos.


Biografía sacada del libro:
Antiguo Morelos; Historia de un pueblo huasteco
Marvin Huerta Márquez
©2010

Lucio Blanco Fuentes

(1879 - 1922)


 Nació en la villa de Nadadores, Coahuila, siendo sus padres Bernardo Blanco y María Fuentes. Asistió a la escuela primaria de su villa natal y posteriormente estudió en Saltillo y Texas, donde aprendió el inglés; regresó a su tierra dedicándose a faenas de campo y pasó después al municipio de Múzquiz, también de Coahuila, donde se dedicó a la ganadería. En 1906 se relacionó con los hermanos Flores Magón estando a punto de ser sorprendido por fuerzas federales en una de las reuniones. Se vinculó con Madero incorporándose a la revolución combatiendo con fuerzas irregulares al porfirismo y después a los sublevados dirigidos por Orozco contra el presidente Madero, obteniendo el grado de teniente coronel en 1911. Al 1evantarse Carranza contra Huerta se incorporó Blanco a la revolución constitucionalista firmando el Plan de Guadalupe , ocupando Matamoros, Tamaulipas, el cuatro de junio de 1913. Desde el 1º de junio de 1913 habían comenzado acampar en el rancho Las Rusias los contingentes constitucionalistas organizados por Lucio Blanco, que sumaban cerca de mil hombres, con el fin de tomar la ciudad. Enviaron comunicados a los defensores de esa plaza y al cónsul de Estados Unidos, en los que solicitaban su evacuación para evitar el derramamiento de sangre. Cumplido el plazo de 48 horas otorgado para su salida, el Ejército Constitucionalista comenzó su plan de ataque sobre la ciudad. Las fuerzas que participaron en la toma estaban confor madas de la siguiente manera: Cesáreo Castro, al mando de los Regionales de Coahuila ; Porfirio González, con los Carabineros de Nuevo León; el teniente coronel Luis Caballero al frente de los Patriotas de Tamaulipas ; Emiliano P. Nafarrate con 10 hombres del 21 Regimiento de Rurales ; el coronel Andrés Saucedo con el 2º Cuerpo de Carabineros de San Luis Potosí , y el mayor Gustavo Elizondo al mando de los Libres del Norte ; iban además los coroneles Pedro Antonio de los Santos y Francisco Cossío Robelo. Los defensores huertistas iniciaron el ataque a las 9:00 hrs., con un grupo de aproximadamente 400 hombres al mando del mayor Ramos. Las columnas constitucionalistas atacaron al enemigo formando una línea de más de 3 km de tiradores; la de Nafarrate tenía encomendado tomar la planta de luz por el poniente, lo que logró a las 14:00 hrs. Las tropas de Saucedo y Elizondo protegían la garita de Puertas Verdes. El mayor Ramos fue uno de los primeros en cruzar la frontera y entregarse a los norteamericanos. A media tarde ya toda la ciudad se encontraba bajo el poder constitucionalista. Los huertistas hicieron el último intento de salir hacia la retaguardia, lo que fue impedido por Cossío Robelo. El combate continuó hasta entrada la noche. Hubo cerca de 200 bajas en las filas huertistas, además de los diez jóvenes fusilados a la entrada del mercado Juárez por la esquina de Matamoros y 9; los constitucionalistas sufrieron 45 bajas. Al día siguiente los vencedores, al son de la Marcha Dragona tomaron el cuartel general, instalado en la planta de luz el día anterior.
La toma de Matamoros por las fuerzas constitucionalistas de Lucio Blanco tuvieron consecuencias históricas, tanto por su importancia militar (gustaba Blanco de festinar la introducción a México por el puente viejo de grandes cargamentos de armas que enviaba a los constitucionalistas de distintas partes del país, encabezando él el convoy de armamento en una carcacha acom pañado de músicos), como por haberse integrado una comisión agraria, presidida por Francisco J. Múgica, que optó por repartir la hacienda Los Borregos , de Félix Díaz, sobrino del dictador, el 30 de agosto de 1913 a campesinos de la región y soldados revolucionarios. El acto por el que se haría el reparto de tierras se improvisó con toda la solemnidad posible en el predio expropiado a las cuatro de la tarde, contando con la presencia de distinguidas personalidades. El programa fue el siguiente: 1º. La Marsellesa; 2º. Discurso oficial del doctor Ramón Puente (quien había dirigido la campaña presidencial de Francisco I. Madero); 3º. Marcha "Viva Madero"; 4º. Discurso del jefe del Estado Mayor, mayor Francisco J. Múgica; 5º. Entrega de los títulos, siendo firmados por Lucio Blanco. Fueron once los dotados: Octaviano Govea, Ventura Govea, Apolinar Govea, Higino Gámez, Pedro Vega, José Izaguirre, Florentino Izaguirre, Fran cisco Hernández, Juan Campos, José García y Esteban Reyna. El evento finalizó con ceremonia junto al monumento de concreto, levantado cerca de la entrada a Los Borregos. En el interiordel monumento se dejó, revestido de cemento, una copia del manifiesto agrarista, ejemplares de los periódicos El Progreso de Laredo, The San Antonio News , The Brownsville Herald y de El Paso Herald, una copia de un título de tierra, una copia a llenar del cuestionario hecho a los solicitantes de tierras y una copia del acuerdo entre los principales oficiales de las fuerzas constitucionalistas adoptando el plan agrario. Carranza desconoció el reparto, sacó de Matamoros a Lucio Blanco y envió a Adolfo de la Huerta a Tamaulipas a reprimir a un campesinado al que Lucio Blanco le había despertado el deseo de emancipación. Al poco tiempo del histórico reparto le fueron quitadas las tierras a los dotados. Blanco fue enviado a Hermosillo a integrarse a las fuerzas al mando de Alvaro Obregón, distinguiéndose en las acciones de Orendain y El Castillo . Al surgir la gran división entre los revo1ucionarios, Blanco tomó partido con los convencionistas; en septiembre de 1915 fue aprehendido por Obregón, sometiéndosele a juicio militar siendo condenado a cinco años de prisión por insubordinación; pero por acuerdo del presidente Carranza salió de su prisión yéndose a radicar desterrado a Laredo, Texas. En noviembre de 1919 el presi dente Carranza llamó a filas a Lucio Blanco reingresando al servicio activo del ejército como General de Brigada; al surgir el Plan de Agua Prieta y ser asesinado Carranza, Blanco, quien le fue leal hasta el último momento, se desterró nuevamente en Laredo, Texas. En junio 7 de 1922 el general revolucionario fue víctima de un engaño y pretendiendo internarse a territorio mexicano por Nuevo Laredo fue asesinado al tratar de pasar el río. (González Salas, Carlos, Diccionario Histórico y Biográfico de la Revolución Mexicana . Tomo VII /Rivera Saldaña, Oscar, En Matamoros se vislumbró el destino agrarista de la Revolución Mexicana, Patronato Pro Museo Nacional Agrarista, 20 de noviembre de 1999) .
 
 
 Lucio Blanco firmando los documentos de dotación el 30 de agosto de 1913 en "Los Borregos".

Lauro Villar Ochoa

 (1849-1923)
General. Nació en Matamoros, habiendo sido sus padres Francisco Villar y Ursula Ochoa. Aquí hizo sus estudios primarios. Su casa fue la que está situad a en la acera norte de la calle Morelos entre Quinta y Cuarta. Se incorpora en Matamoros a la lucha contra la intervención extranjera como alférez en 1865, habiendo estado en el sitio de Querétaro; subteniente de infantería el 25 de enero de 1868. Ocupó el cargo de jefe del 24 Batallón el 1º de marzo de 1904, obteniendo por escalafón el grado de general de división el 27 de diciembre de 1911. Sirvió a los presidentes Juárez, Lerdo, Díaz y Madero; comandante militar de la 2ª Zona con cabecera en Chihuahua, a raíz de la firma de los Tratados de Ciudad Juárez el 21 de mayo de 1911; el 1º de enero de 1912, por órdenes de Madero, fue nombrado comandante militar de la plaza de la Ciudad de México; formó parte del jurado del Consejo de Guerra que ese año juzgó al general Bernardo Reyes; el 9 de febrero de 1913 defendió el Palacio Nacional y se enfrentó a la guarnición que se sublevó contra Madero, combatiendo a las tropas que encabezaron Félix Díaz y Reyes. En esa acción logró que el general Gregorio Ruiz se rindiera y sus tropas dieron muerte a Bernardo Reyes. De aquí salió herido Lauro Villar en un hombro, siendo sustituido por Victoriano Huerta; el 3 de abril de 1913 recibió de Huerta la condecoración al Mérito Militar de primera clase; el 2 de noviembre de 1913 es electo senador; enviado por el presidente Francisco S. Carvajal el 26 de julio de 1914, formó parte de la comisión que se entrevistó con Venustiano Carranza en el estado de Veracruz para convenir la pacificación del país; alcanzó el grado de general de división. Retirado del ejército, murió un 23 de junio en el puerto de Veracruz. (González Salas, Carlos, Diccionario Histórico y Biográfico de la Revolución Mexicana . Tomo VII).

Los Jefes Políticos

 


De 1812 a 1917 existieron en México funcionarios públicos que operaban en las regiones o distritos del país y eran nombrados por los gobernadores de los estados, llamados jefes políticos o prefectos . " Los jefes políticos -nos dice Romana Falcón en su investigación '¿Quiénes eran los jefes políticos?'- cuidarían la tranquilidad pública, el orden, la seguridad de las personas y sus bienes, para lo cual podrían requerir fuerza pública al comandante militar. Se encargarían de la ejecución de leyes y funciones gubernativas siendo el 'único conducto' para relacionar a los ayuntamientos con la diputación provincial o autoridades superiores. Otra función central era su responsabilidad para llevar a cabo las elecciones, y 'conocer' las dudas que de ellas surgieran. Se haría cargo del cumplimiento de las leyes, las condiciones de salud pública y la elaboración de estadísticas. Presidirían el ayuntamiento de la capital del distrito, así como la diputación provincial, pudiendo suspender a sus miembros cuando éstos abusasen de sus facultades."
 
Las jefaturas políticas eran instancias de poder, cuyo objetivo real era la de centralizar mas el poder público. "La Constitución de Cádiz de 1812 -nos dice Romana Falcón- creó una poderosa correa de centralización política con el propósito de mantener la autonomía de las regiones dentro de los límites manejables: las jefaturas políticas." Los jefes políticos que tuvo Matamoros eran personas conocidas, algunos de ellos fueron alcaldes, otros gobernadores. A continuación, una relación cronológica de los jefes políticos habidos en Matamoros, sugiriendo la lectura de la biografía de uno de ellos, don Jesús Cárdenas, pues ahí encontramos un pasaje histórico que nos explica con claridad qué era un jefe político en esta región.

César López de Lara Elizondo

 César López de Lara Elizondo
(septiembre 30 de 1890-abril 11 de 1960)


 Nació en Matamoros, siendo hijo del coronel Domingo López de Lara y de Tomasa Elizondo y hermano de Anacarsis y Diana López de Lara, quien casó con Edelmiro Muñoz; estudió primaria en escuela marista en la Ciudad de México y realizó la carrera de abogado en la Escuela Nacional de Jurisprudencia; en 1909 era uno de los tamaulipecos que escribían en revistas de oposición. Escribió en el periódico México Nuevo ; en 1910 se unió al partido y la campaña de Francisco I. Ma dero; López de Lara fue uno de tantos matamorenses que se incorporaron a la Revolución, luego que Lucio Blanco tomó la plaza el 3 de junio de 1913, saliendo de aquí rumbo a Victoria con las fuerzas de Luis Caballero; teniente coronel en la toma de Ciudad Victoria el 15 de noviembre de 1913; al ataque a Tampico -mayo de 1914- López de Lara era coronel de la Quinta División del ejército constitucionalista; en agosto de 1914 participó con el Ejército Constitucionalista en el ataque y toma e la Ciudad de México; en septiembre se le nombró comandante militar del Itsmo de Tehuantepec; el 7 de diciembre de 1914, comisionado por el general Caballero, derrota una partida de villistas en Estación Velazco, llevaba como segundos a los coroneles Ricardo Cortina y Eugenio López; el 23 de diciembre de 1914 los generales villistas Manuel Chao y Tomás Urbina atacaron El Ebano , San Luis Potosí, defendido por los generales César López de Lara y Manuel C. Lárraga. Estando por retirarse reciben refuerzos y sostienen la embestida villista, mismos que se retiran fuertemente diezmados; por abril de 1915 manda fusilar tres soldados de sus fuerzas por insubordinación. Dichos soldados eran gente de Luis Caballero. Desde esa ocasión empezó la rivalidad con Caballero; López de Lara derrota a los villistas en Santa Engracia , Tamaulipas, el 27 de mayo de 1915 y el 28 de mayo entra a Ciudad Victoria junto con Luis Caballero; el 1o. de julio de 1916 Carranza lo nom bra gobernador del Distrito Federal. Tal nombramiento surtió efecto hasta el 16 de ese mes, que los constitucionalistas tomaron la Ciudad de México. López de Lara disolvió el ayuntamiento y designó como presidente municipal al coronel Ignacio Enríquez. El cargo de gobernador del Distrito Federal le es confirmado luego de que Carranza asume -mayo 1o. de 1917- la presidencia constitucional de México; candidato a gobernador de Tamaulipas en 1917 (partido rojo ), teniendo como contrincante al general Luis Caballero (partido verde ). Las elecciones se repiten en 1918, pero ambas elecciones son declaradas nulas por el Senado de la República. El 23 de marzo de 1918 fue el enfrentamiento en Chapultepec de Caballero con López de Lara, donde resultó muerto el coronel Francisco Aguirre, jefe de la escolta del general Caballero y heridos el capitán Pablo Villarreal. Por la otra parte salió herido el licenciado Emilio Portes Gil y el capitán Mata; en las elecciones de 1920 ya no se presentó Caballero ganando López de Lara. Gobernador de Tamaulipas del 16 de febrero de 1921 a 8 de diciembre de 1923. Ramón Elizondo Villarreal, su primo hermano, fue tesorero general del estado en su gobierno y el profesor Alfonso Herrera era director general de educación pública. Hombre de carácter y energía, en sus casi tres años de gobierno hizo obra en Tamaulipas; inaugura la Escuela de Agricultura del Estado en noviembre de 1922 y en Matamoros edificó una escuela tipo. Fue por ello que, dado que por esa época no edificaban obras los gobernantes, el periódico Excélsior lo llamó "El Mirlo de la Revolución". El 8 de diciembre de 1923 deja la capital del estado -ya no volvió- para aliarse a la rebelión de Adolfo de la Huerta. A eso lo había orillado la indisposición que sostuvo hacia el centralismo buscado por el ejecutivo nacional. La revuelta logró algunos triunfos, pero sin recursos económicos y sin apoyo del pueblo, al año decide expatriarse.
 En octubre de 1939 se lanza como candidato a gobernador de Tamaulipas. En Matamoros se creó con esa intención el partido político Centro Unificador Matamorense, presidido por su primo hermano, don Miguel Elizondo, quien había sido dos veces presidente municipal cuando el general López de Lara fue gobernador de Tamaulipas. Esta última campaña no prosperó, terminando la vida política del general César López de Lara. Descendiente de políticos, César López de Lara nació en la casa de su padre, don Domingo López de Lara, ubicada en la avenida Lauro Villar y Panamá, esquina suroeste. Aunque, luego de la Revolución llegaba a Matamoros a casa de su hermana Diana, ubicada en la calle Nueve entre González y Abasolo, acera oriente. Don Domingo fue el matamorense a quien se le concesionó (1871) el permiso para establecer un tranvía urbano que iba de la plaza principal de Matamoros al poblado de Santa Cruz, hoy Puente Nuevo. Amigo del general Manuel González, don Domingo fue diputado local en 1880 y tesorero de la Federación en el gobierno del general Manuel González (1880-84). Don Domingo fue hijo de Jorge López de Lara, alcalde de Matamoros en 1839 y prefecto del distrito del norte de Tamaulipas, con cabecera en Matamoros, en 1844. César López de Lara se reincorporó al ejército en 1943; obtuvo el grado de general de brigada en 1958; fue presidente de la Unión de Vetera nos de la Revolución. Murió en la Ciudad de México. ( Garza, Ciro R. de la, Tamaulipas, apuntes históricos; Portes Gil, Emilio, Raigambre de la Revolución en Tamaulipas, p. 46.; Garibay K, Angel María, Diccionario Porrúa, 1964).

viernes, 5 de agosto de 2011

"La moral es un árbol que da moras"





Del caciquismo como la filmación de un western en una aldea medieval
     ¿Cómo hacerle justicia a las Memorias (1987) de Gonzalo N. Santos, el casi eterno cacique de San Luis Potosí, el Alazán Tostado, el Señor del Gargaleote, una de las "leyendas negras" de la Revolución Mexicana? En sus 943 páginas, el libro de Santos es varias cosas a la vez, el relato de un self-made man en la etapa en que todos lo son, de un testigo y actor del primer rango de la segunda fila. Memorias es el alarde de crímenes y fraudes, el canje de la demagogia por el cinismo y la provocación, el desfile de personajes que los lectores encuentran pintorescos porque ya no tienen oportunidad de ser sus víctimas. Las memorias de Santos son reiterativas, confusas en ocasiones, transcritas sin mayores correcciones de la grabadora o de la libreta de apuntes, presuntuosas y —desde nuestro punto de vista— demasiado afrentosas, y sin embargo, o gracias a eso, se dejan leer compulsivamente, el testimonio más vívido del sector revolucionario negado al idealismo y entregado a las complicidades que quieren prestigiarse con el nombre de Sistema.

En su época de aduanal en Tampico. 1918



     Gonzalo N. Santos, y muchísimos como él, se incorporan fatalmente a la lucha armada. No tienen otra, es la hora de la audacia, de la sangre fría, del arrojo suicida, del canje de cualquier perspectiva ética por la sobrevivencia, de la noción del poder como un botín estricto, y de la identificación de lealtad e inminencia de la traición. En este sentido, el testimonio de Santos es confiable. Si los hechos no fueron los que él narra, y su participación no fue tan determinante, lo sucedido no fue muy distinto y la psicología descrita, así no sea estrictamente la de Santos, es la de los triunfadores de entonces. Si no verdaderas, las Memorias son verosímiles, así se mezclaron y se exhibieron las emociones de los revolucionarios entusiasmados con Francisco I. Madero, indignados con el cuartelazo de Victoriano Huerta, partidarios de Venustiano Carranza, admiradores de Álvaro Obregón, enemigos o amigos sumisos de Plutarco Elías Calles. Estos aspirantes a caudillos fusilan al compadre, renuncian con celeridad a los lazos fraternos, viven en la conspiración perpetua animada por el cognac y las hetairas, se transforman al subir al estrado para el discurso, lloran al recordar al jefe asesinado, toman posesión "para siempre" de su encomienda.

Pedro Antonio de los Santos (al centro), en la promulgación del plan de San Luis, con otros revolucionarios.

     Y se aíslan progresivamente mientras el régimen se adecenta, o finge hacerlo; los modales se refinan, los funcionarios ya vienen de universidades extranjeras, los licenciados eficaces sustituyen a los gobernadores analfabetas. Santos comienza como uno de tantos, producto típico de la violencia y de la habilidad para filtrarse entre los resquicios de la violencia. Y su "mala suerte" es no morir al lado de su momento histórico, terminar como el Gran Anacronismo, el cacique aferrado al latifundio que se reparte. El revolucionario mitómano se convierte en el funcionario a tropezones y en el gobernador de San Luis Potosí que designa a sus reemplazos, y se impone con gritos, miradas, desaparición abrupta de "los escollos" a los que se les adjuntan actos de defunción, fraudes electorales, cultivo del latifundio, buenas y malas relaciones con los presidentes de la República. Lo que pasa por largo tiempo como "la expresión violenta de un temperamento nacionalista" se vuelve luego museo ambulante de las malas maneras y los despropósitos.

Coronel Samuel M. Santos (sentado)  y el Capitán 2° Gonzalo N. Santos (de pie), tras la entrada a la capital de la republica del ejército constitucionalista. Agosto de 1914.

     Todo marca a Santos: sus frases cáusticas, sus apetitos desembozados, su ostentación machista. Si de algo se distancia es de los hábitos de la modernización. Así lo reconoce en diciembre de 1959, al empezar sus memorias:
     
     Hace un año y medio exactamente que salí de aquí, de Gargaleote, primero a los Estados Unidos y después a Europa, y llevaba el firme presentimiento cuando me fui de que iba a dilatar mucho tiempo en regresar, porque sentía que la deslealtad, la traición y la cobardía me rodeaban. También llevaba no sólo el presentimiento sino la seguridad de volver cuando la jauría se cansara de ladrar... (p. 9)
     


Jefes y oficiales de la brigada Santos comandada por el Gral. Samuel M. Santos. En la fila de abajo capitán 1° Gonzalo N. Santos (1) y el coronel Fulgencio M. Santos (2). Foto de 1914.


    "Ladrón que roba a bandido, merece ser ascendido"
     Gonzalo N. Santos nace en el pueblo de Tampamolón Corona el 10 de enero de 1897, descendiente de rancheros y combatientes liberales. Su educación es previsible. Unos cuantos profesores, y las lecciones de la filosofía de la universidad-de-la-vida: a) desconfía de todos, b) la crueldad es un prejuicio, y c) las cosas son de quien las toma. Pese a vivir a la sombra de sus hermanos mayores, Pedro Antonio y Samuel, Gonzalo se siente destinado a dar órdenes. Y a los catorce años ya ejercita el poder supremo: la voluntad de matar. En el pueblo lo reta un anciano de apellido Tavera, que había sido gente de don Tomás Mejía. Tavera le dice a Santos: "A ese dragoncito yo me lo como sin chile y sin epazote", y lo golpea en el estómago con un bordón. Lo que sigue Santos lo cuenta con el ánimo rencoroso y triunfalista del resto de sus evocaciones:
     
     Metí espuelas y Tavera, engallotado, me siguió, tratando de darme otro garrotazo, pero para entonces se me estaba pasando el dolor. Volví a meter espuelas para alcanzar más distancia y los pelados martellistas y porfiristas celebraban aquello con risotadas, dirigiéndome insultos. Eché mano a la reata de lazar, que era de las llamadas pintas de tampamolón, abrí gaza, lacé a Tavera, quien seguía desafiándome, puse vueltas, metí espuelas con muchas ganas y arranqué al Pincel. Le di vueltas, dos o tres cuartazos más a mi cuaco y otros dos espuelazos y me llevé arrastrando a Tavera por el empedrado... (p. 42)
     
     La franqueza de Santos reivindica la "moral de las armas" de 1910 a 1930, y delata la transformación de actitudes: el trato del hacendado con los peones es la escuela de muchos jefes militares. Si algo, la experiencia de las haciendas y la lucha armada relativizan el valor de la vida, y el millón de muertos atribuido a la Revolución deriva en buena parte de esa falta de piedad que es la urgencia de vencer y desquitarse. Lo que sea que suene, porque nadie garantiza la contemplación del día siguiente. (Algo similar a: "Si lo he de matar mañana, lo remato de una vez"). Mencho, el amigo de Gonzalo (Marvin: Fulgencio M. Santos era su primo hermano), al saber que ya no hay leales a los federales en el pueblo emite la consigna: "A todo habitante macho de catorce años para arriba, sin siquiera preguntarle cómo se llama, le pegan dos balazos, no sea que el primero no lo vaya a matar: uno en la cabeza y el otro en el pecho" (p. 74).
     Casi en cada página, las memorias de Santos le informan al lector de la otra historia de la Revolución, distinta de las conocidas, historia no determinante estructuralmente ni constructora del pensamiento nacional, pero sí omnipresente. Para Santos, matar es un acto de justicia, y la Revolución lo autoriza a cobrar deudas, a no dejarse de nadie, a castigar con la última pena al calumniador, a expresarse en el lenguaje del exterminio. Santos da su versión de un episodio famoso de su carrera, el asesinato el 20 de septiembre de 1927 del estudiante Fernando Capdeville. Asiste al Teatro Principal a las tandas de María Conesa y Lalo, su ayudante, le avisa de un individuo que en la cantina insinúa relaciones íntimas con la ex mujer de Santos (Dolores Prigs). Éste abandona el espectáculo y se inicia la cacería automovilística:
     
     Para entonces iba ya muy encendido y cegado por la ira, lo seguimos persiguiendo y al llegar a las calles de Acapulco, frente al número setenta, el currutaco paró el carro y se bajó. Yo le dije a Ernesto (el chofer) que se le acercara y Ernesto se acercó y paró el carro como a diez metros de distancia y entonces me bajé yo, estando él parado en la calle. Al bajarme, Ernesto López me preguntó: "¿Le acompaño?", y le dije: "No, esta cosa es personal". Llevaba ya la 45 en la mano con las quijadas abiertas, y bajado el seguro y le grité al individuo: "Si es hombre, defiéndase", y avancé como una tromba hasta llegar a tres o cuatro metros de distancia del figurín. Él metió mano a la cintura, pero se quedó petrificado, probablemente de miedo y le descargué las ocho balas de mi pistola y se murió (p. 325).
     
     Detrás de este crimen hay un razonamiento implícito: este país le debe todo a los que nos fregamos en los campos de batalla, en la sierra, en la angustia de morirnos a montones. Y hasta ese derecho a hacer lo que nos venga en gana, y ahorrarnos los remilgos legales. Luego del asesinato de Capdeville, Santos le pregunta a un amigo: "¿Me notas algo?" "No —me dijo—, no le noto nada, ¿qué se echó más copas?" "No —le dije—, no me he echado ni una más, lo que me eché fue a un hijo de puta".
     En la cabeza del fuste de su silla de montar, Pancho Villa se manda tallar la mascarilla del comandante de rurales Claro Reza, al que mata en Chihuahua en 1910, cuando el comandante intentó aprehenderlo. Estas costumbres reproducen parcial y exactamente la moral de los hacendados. Lo primitivo aún no es deuda de la modernización, y la violencia es un lenguaje básico del proceso de formación nacional, en regiones aisladas, sujetas a la ley del más fuerte y sus procuradores de injusticias. Si la Revolución introduce elementos importantísimos de justicia social, también mantiene partes fundamentales del mecanismo de la barbarie. Ya en fecha relativamente tardía (1930), Santos todavía se empecina en emblematizar a la ley. ¿Quién se lo impide? Apenas se inicia el proceso de fusión del Partido Nacional Revolucionario que le permite a gente como él seguir imponiéndose, con mínimos ajustes.
     En 1930, en la campaña presidencial de Pascual Ortiz Rubio, de cuya elección Santos se enorgullece, calificándola de respuesta de su grupo a los desprecios de Aarón Sáenz, el Alazán Tostado se indigna ante los ataques de un periodista, Miguel Ángel Menéndez, al que suponen inspirado por el secretario de Ortiz Rubio, el Flaco Hernández Cházaro. Le exigen a Ortiz Rubio que expulse de la comitiva a Menéndez, por indeseable, y éste lo promete. Ya en el avión en la siguiente etapa de la campaña, le informan a Santos de la presencia de Menéndez:
     
     "¿Cómo? —le dije—. A este cabrón por qué lo mandarían en el mismo avión en que vamos nosotros". "No sé", me dijo. ¡Oí un grito que me dio la fiera que traigo dentro, más bien dicho un rugido! Me paré y me fui hacia donde estaba Menéndez sentado y le dije: "¿Cómo se atreve usted a venir en el mismo avión en que venimos Melchor Ortega y yo después de habernos insultado y calumniado?" Me dijo: "Yo no me refería a personas sino a un cuadro general, pintado y simbólico". "Pues mire, cabrón —le contesté (esto era en pleno vuelo, por encima del mar)—, usted pintaría simbolismos, pero yo le voy a pintar la cara a chingadazos", y le empecé a pegar fuetazos en la cara y en la cabeza con toda la ira de mi cuerpo. A esto, el copiloto salió rápidamente de la cabina, y vino hacia nosotros muy espantado, pero no intervino, pues de haberlo hecho el gringo, también a él le hubieran tocado sus chingadazos dado mi estado colérico. Le dejé de pegar cuando me había saciado y le dije: "Le prevengo, hijo de la chingada, que más vale que no nos volvamos a encontrar usted y yo por mucho tiempo, y dígale de mi parte al o a los hijos de la gran puta que lo inspiraron, que sepan desde ahora que no están tratando con pendejos Y QUE CON LA MISMA BOCA QUE LES DIJIMOS QUE SÍ, CON ESA MISMA BOCA LES PODEMOS DECIR QUE NO; TAMBIÉN YO ESTOY HABLANDO SIMBÓLICAMENTE". Y el avión seguía vuela, vuela y volando (pp. 423-424).
     "¿Con qué carácter me va usted a fusilar?"/ "Con el carácter de diputado —le contesté—, para algo me ha de servir el fuero..." De este modo se forman los caciques, que, una vez declarada y exhibida su lealtad al poder central, proceden —el término es muy suyo— como les da su chingada gana. Un señor feudal tiene una vivísima conciencia geográfica, se las arregla para estar con el ganador, y vive en el autismo despótico. Y un cacique, si cuenta sus proezas, no se empeña en decorar su pasado con virtudes, sino —convertidos en hazañas— en pregonar sus abusos, sus crímenes, sus complots para imponer nulidades. Si él no lo nombra, no hay gobernador; si él no los aprueba, no hay "actos de gobierno". Se cree el emblema de una causa, el santismo, iniciada con su hermano Pedro Antonio de los Santos, mártir maderista, y que con Gonzalo conoce su apoteosis y su fin. Y la causa es intensamente personal, Santos se jacta de salvar vidas con su astucia, de imponer funcionarios que le deben todo y que si son ingratos, más le deben. Santos, uno de los responsables del aplastamiento de la rebelión escobarista, un enemigo de los cristeros, un liberal anticlerical, un adversario de los currutacos y las Buenas Familias, un adalid del Machismo y la Vulgaridad enemiga de los respetos (con frecuencia, cita con encomio a un contemporáneo sólo para denostarle dos páginas después). Si nos fiamos de su palabra —y debemos hacerlo, para no recibir una mentada de madre póstuma— ingresa al ejército maderista en la adolescencia, lucha contra el huertismo y el villismo, desprecia a Zapata, se inconforma con Carranza, se adhiere ciegamente a Obregón...
     Y es un conspirador profesional. Es el diputado por excelencia, del que se desprenderán las parodias, y al que uno reconocerá, justa e injustamente, en el Catarino de La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, y en el Gordo Atajo de Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia. Santos es el ánima cerril en busca de la perpetuidad. Es un homenaje intenso a la práctica, al don de la intimidación y la inteligencia natu-ral. ¿Qué es la "inteligencia natural?" Aquello que le permite a Gonzalo N. Santos construir su ideario de frase en frase, de crimen en crimen, de complot en complot. Odia la hipocresía en la misma medida en que ama el cinismo, esa jactancia que es su máscara y su proclama.
     Cabe una hipótesis: Gonzalo N. Santos escribe sus memorias con el impulso con que, sólo para combatir la mala suerte de las trece letras, añade la N a su nombre. Y si admite culpas (según él, "hazañas incomprendidas") es con tal de seguir amando a su criatura predilecta, su leyenda negra. Declara memorablemente: "La moral es un árbol que da moras, o vale para una chingada". De modo insólito, Santos se presenta ante el juicio de los lectores, fiado en su salvoconducto: su apego al temperamento nativo, y sus "huevos de toro".
     Un cacique es alguien que deposita todo su sentido del presente (que incluye el juicio del porvenir) en su don de mando. Cree que "Vasconcelos no era para el caso", y él en cambio sí lo es. Le tiene sin cuidado el Juicio de la Historia, porque las abstracciones no lo perturban. Así, niega despreocupadamente ser el asesino del joven Germán de Campo, partidario de Vasconcelos en 1929, al que le disparan mientras habla en un mitin en el jardín de San Fernando:
     
     Pero, ahora que han pasado tantos años y que no es delación contra el Flaco Hernández Cházaro, que fue quien mandó matar al estudiante Germán de Campo, con Odilón de la Mora, el Diputado Teodoro Villegas y un gachupín Martínez, ayudante de don Pascual, al que apodábamos el Vais-ver, reitero y declaro que siento no haber sido yo el que matara a ese individuo con el que me han dado tantos muertazos injustificadamente. Sí, declaro que un pinche muerto más o menos no me va a quitar el sueño, que no me voy a rajar de un hecho que yo ya haya cometido o mandado cometer, ni aquí en la tierra ni en el cielo, a donde seguramente tendré que ir a rendir declaración de mi paso por la tierra; o tal vez al infierno, pero como soy de tierra tan caliente no me va a afectar la temperatura.
     
     El "México institucional" ya no soporta a personajes como Santos. Los presidentes no admiten la democratización (la detestan), pero la barbarie tal cual sonroja en público (y regocija en privado) a los nuevos administradores del poder. Santos, el arquetipo, no entiende la transformación de su trayectoria en currículum, y se jacta hasta el final de sus haberes: a su hermano Pedro Antonio lo fusilaron las tropas de Victoriano Huerta, él fue secretario del PNR en el Distrito Federal (1929) y secretario general del Comité Ejecutivo (1929), cinco veces consecutivas diputado federal entre 1924 y 1934, senador (1934-40), y gobernador de San Luis Potosí (1943-49). ¿Cómo aceptar entonces que los presidentes lo rehúyan, que Luis Echeverría le dé clases de moral del tercer mundo y que José López Portillo firme el decreto que en 1978 afecta su latifundio de El Gargaleote? Gonzalo N. Santos muere en 1979, en la Ciudad de México, ya convertido en espectro del caciquismo. Lo sobreviven todos los caciques, pintorescos o no, ya persuadidos de que adular hasta lo último al presidencialismo es su única gran fuente de modernidad y legitimidad. Lo demás es pintoresquismo que mucho agradecerán los escritores que sepan darse cuenta. –

 

Fragmento de las memorias de Victoriano Huerta


Hermanos míos:

Es necesario que yo escriba estas líneas para que los mexicanos y el mundo entero me conozcan íntimamente, tal cual fui durante mi gobierno.
Yo sé que nunca me comprendieron los que me rodeaban; la divergencia de opiniones sobre mi personalidad ha sido tan grande desde el año de 1910 hasta la fecha, que no creo que haya dos hombres que tengan la misma opinión de mí.
Para unos soy un hombre extraordinario, definición que no dice nada y que por la misma causa fue la más empleada para calificarme. (Lozano, mi Ministro, la inventó). Para otros soy un bandido inteligente; para algunos un genio; para muchos un borracho tan sólo ..., pero, cuando alguien ha contestado sinceramente lo que a su juicio le parezco, vacilara si se le objeta en lo más mínimo y no sabe decir con toda claridad el concepto que se ha formado de mí.
Los griegos (creo que así me decía el poeta García Naranjo), practicaban este precepto: conócete a ti mismo. Y bien, señores, yo no me conozco.
Yo me he preguntado muchas veces quién soy, y nunca he tenido una respuesta que me satisfaga. La verdad, yo no sé quién soy.
Desde luego me creo un hombre fuera del nivel que alcanzaban los más grandes en mi época. Y a que los superara, si acaso los superé, pues yo sólo puedo asegurar que los dominé, se debieron a las circunstancias en que se desarrolló mi carácter.
Me explicaré: indio de raza pura, tengo las virtudes de los de mi estirpe y muy pocos de sus defectos. Soy -era más bien-, constante, enérgico, valiente, audaz. (No se tome a mal que me elogie, pues también voy a decir mis defectos y a hacer una confesión de todos mis errores, de los que me apresuro a decir que no me arrepiento). Algunos de mis defectos como hombre, eran cualidades como gobernante. El egoísmo y la desconfianza, especialmente.
Yo creo que un gobernante de México que no tenga en su alma estos defectos o cualidades (como se quiera llamarles), no triunfará nunca.
Yo era egoísta como Napoleón y desconfiado como una rata. Napoleón fue, a mi juicio, el hombre más egoísta de los hombres; sin cultivar su egoísmo como lo cultivó, no hubiera sido nunca el dueño de las tres cuartas partes de Europa. Y es bien sabido que ni a las mujeres amaba, por amarse a sí mismo.
Egoísmo es, pues, a mi juicio, una de las cualidades que requiere todo gobernante para prosperar. Don Porfirio mismo, al que me sentí arrastrado a imitar, no hizo por la educación del pueblo de México todo lo que hizo por el engrandecimiento material. Y es que en éste se amaba y se perpetuaba (grandes edificios, obras materiales, etc.), en tanto que en la educación del pueblo veía una obra que no se realizaría en el transcurso de su Gobierno ni en el de su sucesor, así se le supusiera a éste una vida tan prolongada como la del Caudillo.
Fui desconfiado como una rata, porque había necesitado matar y traicionar para mi prosperidad. Por esto temía infidencias y traiciones de cada uno de los hombres que me rodeaban.
Pero es inútil que quiera mostrar mis virtudes y mis taras morales como se describe un objeto. Mi alma es de las más complicadas y de las más sencillas. Voy a tratar de mostrarla en la narración de los principales hechos ocurridos durante mi gobierno: voy a confesar todos los sentimientos que me movieron a consumar buenas y malas acciones.
Sin duda que al mismo tiempo que yo me exhibo tal cual soy ante el mundo, algunos amigos míos van a quedar vindicados y sobre otros voy a atraer el odio de mis coterráneos. No importa. Estos apuntes están fundados en la verdad y servirán para que se laven culpas y se me juzgue ante la Historia.
Yo escribo en el destierro, alejado de las pasiones que se agitan todavía en mi país, sereno como siempre, libre de que los odios que desperté, me hieran en lo más mínimo.

Mi pasado

Mis biógrafos han hablado mucho de mi niñez, de mi vida de colegio, de mis estudios de ingeniería. Hasta ha habido algunos que han asegurado en letras de molde que soy una notabilidad como astrónomo ...
Recuerdo bien que cuando era Presidente se me elogió en muchas ocasiones por mis profundos estudios en ciencias y artes.
También se relataban en letras de molde, anécdotas sobre mi vida de soldado, y hurgando de modo servil los que me adulaban, encontraron en mi pasado hazañas gloriosas y trabajos que me harían inmortal entre los hombres de ciencia ...
La verdad es que cuando me presenté a Don Porfirio para ponerme a sus órdenes contra la revolución de 1910, yo no tenía pasado.
Sí recuerdo que hice una campaña en Yucatán, como tantos otros; que hice práctica de topografía, como tantos otros y que quebré, en una forma poco airosa, como tantos otros ...
Esto de Monterrey es de alguna importancia, porque se refiere a mis amistades políticas, pero me disgusta el recordarlo y por eso no voy a insistir en ello. Sí diré, y sólo de paso, que el general Reyes, mi protector de entonces, quedó algo disgustado conmigo.
El asunto fue un contrato de pavimentación y se refirió la diferencia, causa de mi quiebra y de mi disgusto, a unos dieciocho mil pesos. Quedé medio deshonrado.
¡Más me costó la amistad del general Reyes! Por ella me tuvo siempre Don Porfirio gran desconfianza y sólo por ella se me postergó y relegó al más completo abandono.
Sin ninguna comisión y muy pobre, viví muchos años. Por humildes tabernas azoté mi vida en unión de aquel mi gran amigo, el tribuno don Diódoro Batalla; un muchacho Villagrán al que más tarde había de hacerlo diputado, y Chucho de León, un ranchero de Coahuila, muy parejote y buen amigo.
Fraternalmente mataba el tiempo con estos señores y algunos otros, pobres como yo y que como yo sentían la angustia de vivir en la intolerable atmósfera porfiriana. Amigo de los humildes, humilde yo, muchas veces sentí la necesidad de rebelarme, en distintas ocasiones tuve deseos de que cayera el viejo Don Porfirio para que los postergados prosperáramos. Ya he dicho que fui reyista.
Pero la oportunidad no se presentó hasta que don Francisco I. Madero se lanzó a la lucha en las postrimerías del año de 1910.
Tuve en aquellos días en que aparecieron las primeras partidas rebeldes en Chihuahua, la idea de que sería aniquilado el maderismo. No creía que se podría derrocar a Don Porfirio con una revolución. La verdad, yo hubiera preferido el golpe de Estado, que es la mejor forma de acabar con un régimen, por viejo y fuerte que sea.
También sufría el desaliento del que ha esperado largos años sin fruto alguno. Me ocurría lo que ocurría a la casi totalidad de los mexicanos: me había acostumbrado a sufrir la tiranía del pequeño grupo que rodeaba al Presidente de treinta años.
Sin duda que mi carácter de militar, me inclinaba también, en aquellos días, a sentirme partidario de Don Porfirio.
Recuerdo que al mismo Don Podirio le dije un día:
- Señor Presidente: deme usted tres mil hombres y acabo con la revolución en el Sur.
Con gusto hubiera ido con mi columna a batir a los zapatistas y a los figueroistas, que en aquel entonces habían levantado a los Estados de Morelos y Guerrero.
No me dió el señor Presidente los elementos que le pedí y por eso la revolución llegó a ser temible en el Sur y hasta a arrojar a Don Porfirio de la Presidencia.
Cuando mi nombre empezó a pronunciarse por todos los mexicanos, fue cuando Don Porfirio me nombró jefe de la escolta de los trenes que lo llevarían a Veracruz para abandonar el Poder y su Patria.
La noche en que me habló Don Porfirio, todavía tenía yo la esperanza de que la Revolución no triunfaría. Recuerdo que al ver al viejo caudillo rodeado de sus familiares y de sus más íntimos amigos, me acerqué y le propuse limpiar la ciudad de manifestantes, cañoneando a las multitudes.

La muerte de una época

Carmelita fue la que primero se opuso. También Don Porfirio se mostró abatido, dispuesto a no oír. Le atormentaban los gritos de la multitud y un dolor de muelas ...
- Todavía es tiempo, señor Presidente -insistí.
- Ya no, no es posible -me respondió.
Yo no sentía rencor por el hombre que me había postergado. Por el contrario, era mi devoción para él, en aquel momento decisivo en que preparaba su fuga, más grande que nunca.
Fuera de la casa de la Calle de Cadena, la multitud rugía. Llegaban por entre las junturas de las ventanas, los gritos de las chusmas clamando por la democracia y la libertad, vitoreando a Madero y lanzando mueras al Presidente.
Cuando subió al tren Don Porfirio, yo sentí cierta emoción. Partimos y en el camino hubo un asalto por la gente que mandaba un cabecilla apellidado Caloca.
¡Recuerdo que cuando el tren detuvo su marcha y ordené a los zapadores que batieran al enemigo, Don Porfirio saltó del carro, dispuesto a combatir! Tenía en cada mano una pistola. ¡Y no temblaba!
Ya que recogimos unos cuatro mil pesos que llevaban en una mula los maderistas, nos dispusimos a la marcha. Yo dije a Don Porfirio:
- Ordene usted, señor Presidente.
- Usted es el jefe del tren, compañero -me contestó.
Era un militar mi general Díaz. Todavía debe ser un militar. Por eso yo sentí tanta atracción hacia él. ¡Ni en los momentos de peligro olvidaba su papel de militar, y no se olvidaba que me había dado una misión!
Cuando volví de Veracruz, durante el camino, solo en el tren, medité en este pensamiento que nunca se me había presentado tan claro aunque me obsesionó mucho tiempo: yo seré Presidente de México.
¿Por qué se me ocurrió tal cosa? ¿Qué proceso siguieron mis ideas hasta llegar a este pensamiento? ¿Mis emociones de ver y sentir, a un gran hombre destruído por una revolución a la que yo no le daba ninguna importancia, me hicieron ver como empresa fácil alcanzar el Poder?
¿Fue acaso la ambición que tal vez vivía en mí desde tanto tiempo lo que me hizo anhelar el primer puesto entre los mexicanos, en aquel momento que había caído el más grande de los obstáculos?
No lo sé; pero una hora después me había bebido una botella de coñac.
Cuando llegué a México comprendí que la situacfón de todos los oprimidos por don Porfirio Díaz había cambiado. Las cárceles se abrían para dar libertad a los reos políticos; hombres oscuros obtenían puestos públicos; se veía al señor De la Barra, Presidente de la República, con gran facilidad. Era otro México, del todo distinto, al que había yo dejado.
El México de Porfirio Díaz había muerto.

La salvación de Zapata

Yo fuí un amigo íntimo del señor De la Barra. Cuando le di parte de mi comisión, me recibió con sonrisas y abrazos y por éstos y aquéllas, comprendí que mi situación iba a cambiar para siempre.
No se necesitaba mucho para captarse las simpatías del señor De la Barra. Era tan vacilante y su situación de Presidente Interino tan falsa, que procuraba hacerse de amigos a toda costa, y para ello los tomaba de los más próximos a él. Yo me puse cerca ...
Cuando me nombró para hacer la campaña contra Zapata, sentí tal alegría que pude disimularla con trabajo, no obstante que mi rostro es de indio y por tanto inconmovible.
Sí, señores: la situación del Ejército en aquel momento era inmejorable.
La Revolución no lo había derrotado. Se conservaba íntegro con sus tradiciones, con su prestigio; formado por antiguos jefes y por una oficialidad joven e impetuosa, salida de los dos planteles militares que enorgullecían a Don Porfirio.
La Nación y hasta la Revolución, sentían un profundo respeto por el Ejército. Sólo ejemplos heroicos; sólo nobles y bizarras acciones era lo que la Institución tenía en su haber.
Si el señor De la Barra -pensé un día- no entrega el Poder a Madero (y no debe entregarlo, pues en México no se entrega el poder nunca), ¿qué sucederá?
Yo mismo me contestaba: una gran parte de la Revolución se unirá a este Ejército para sostener al señor De la Barra, salvando a la República de una catástrofe. Y como a mí me estima el señor De la Barra y como la Revolución me ataca porque fuí a dejar a Don Porfirio, yo seré Ministro de la Guerra. Cuando pensé esto, también me tomé una botella de coñac.
Empezaba el señor Madero a defender a Zapata cuando yo, con mi columna, iba a batirlo a Morelos.
Permítaseme que abra un paréntesis para referirme a la prensa, pues mi opinión sobre ella servirá mucho a los que leen estas líneas, para formarse una idea de mí.
Yo temo a la prensa. Desde que conocí las campañas que se hicieron contra Don Porfirio y también el miedo que inspiraban al Caudillo los ataques impresos, sentí aversión para los periodistas.
Por los castigos enérgicos que siempre impuso Don Porfirio a los periodistas; por la tolerancia que siempre tuvo el mismo para los gobernantes que castigaban a aquéllos, hasta arrojándolos vivos a un horno, como lo hizo Cravioto en Pachuca; por todo esto, yo sentía aversión a los periodistas.
Instintivamente comprendía el poder que estos hombres tienen en sus manos; y también la educación política porfiriana nos decía que había que comprar o matar al periodista.
Pues bien: en la prensa pulsaba yo la opinión pública y veía que una y otra eran hostiles a Zapata.
Estaba convencido de qué Zapata era un guerrillero a quien con toda facilidad se podía destruir. Ni guerreros, ni con elementos y un pequeño Estado, los zapatistas podíanl ser aniquilados muy fácilmente.
Sin embargo, yo retardé la campaña, la captura de Zapata. Quería dejarle tiempo al señor De la Barra; quería que al fin se deshiciera la tempestad que iba formándose sobre la cabeza de aquel caudillo de la Revolución que empezaba a atacarme por la prensa.
Tuve en mis manos a Zapata; podía cortar el telégrafo y acabar con él, cumpliendo las órdenes que para ello tenía; eso es muy fácil para cualquier jefe de columna que quiere hacer lo que le han ordenado y lo que sabe que le van a impedir que ejecute.
Pero pensé que si mataba a Zapata, crecía mi prestigio de militar, pero terminaba mi encumbramiento, que se iniciaba tan bien, pues Madero no me perdonaría que yo acabara con la fuerza que quería conservar para batir a De la Barra en el caso de que éste no quisiera entregarle la Presidencia.
No esperaba ya nada de De la Barra: sus vacilaciones y su cobardía para tomar una resolución, me indicaban a las claras que estaba perdido irremisiblemente. ¡Había, pues, que trabajar para el nuevo Presidente! ¡Zapata se salvaría!
Cuando tomó posesión el señor Madero, me retiró inmediatamente, pues no era grato y se me atacó con rudeza en la Nueva Era, órgano de la Revolución. Se me llamaba reyista y se me hacían algunos cargos.
Fuí a dar mis explicaciones al señor Madero.
Creía el público que yo contestaría por la prensa; pero yo comprendí que entablar una polémica era la muerte.
Lo convencí. Mis protestas de lealtad se extendieron hasta don Gustavo Madero, al que fácilmente logré hacer mi amigo. Cenamos juntos con Sánchez Azcona, en Sylvain.
Menudearon mis visitas a Don Gustavo. Cada vez que podía le declaraba mi devoción por su hermano.
Vino por entonces el movimiento reyista. Comprendí que fracasarían, pues en esta ocasión como en otras vi con toda oportunidad lo que tendría que ocurrir al fin.
Es verdad que mi general Reyes era mi antiguo protector. Pero preferí seguir mis asuntos, pues me había costado muy cara su amistad. ¡Ni los diez y ocho mil pesos de la pavimentación me compensaban la pérdida de prosperidad de tantos años!


La División del Norte

Seguí siendo ardiente partidario de Don Gustavo y de don Francisco Madero.
No hice, pues, caso a las insinuaciones de algunos amigos.
Cuando el señor Madero me dijo que era yo el designado para reparar el revés que las fuerzas de Pascual Orozco habían causado al Ejército federal en Rellano, sólo le pedí una cosa: que me dejara escoger los elementos para hacer mi campaña.
He dicho que fuí reyista; pero en verdad yo no me distinguí nunca por inoportuno. Mi general Reyes fracasó por esta falta de oportunidad. Es mía la frase que se pronunció mucho en México, a raíz de la muerte de mi antiguo jefe: El general Reyes fue inoportuno hasta para morir.
Yo no: con calma he esperado siempre que se desarrollen los acontecimientos que tienen que señalarme un momento oportuno.
En esto ha estribado una gran parte de mi fuerza: en saber esperar. Si sufrí resignado todo lo que Don Porfirio me hizo durante tantos años, ¿por qué no iba a esperar un momento durante unos cuantos meses? -pensaba yo entonces.
Y fue esto y sólo esto lo que me ha servido para triunfar.
Busqué elementos para ir a la campaña, dando mucha importancia a esta gestión cuando en realidad no me importaba llevar a cualquiera, pues en el caso de que no me sirviera un hombre, podía mandarlo a México o no darle ninguna misión.
Y puede decirse que desde el día en que quedé con el mando de la División del Norte, mi éxito político estaba asegurado.
Aproveché el momento del desastre para pedir elementos. Pedí cuanto quise; lo mejor del Ejército; los jefes más valientes y los oficiales más aptos quedaron a mis órdenes.
Marché a Torreón y lo hice con tal lentitud que quedaron sorprendidos mis subordinados y el señor Presidente. Yo caminaba despacio, porque sólo así se va al éxito. En el camino iba conociendo a mis subordinados.
Rábago, Prianí, Rubio Navarrete ... Con aquellos tres hombres podía llegar a Chihuahua. Rábago era bravo, Prianí también, Rubio era organizador y bravo.
El entusiasmo de la oficialidad que me acompañaba, levantó el espíritu de los que ya se creían vencidos.
Aproveché las cualidades de Rubio, en quien había descubierto, como ya he dicho, a un gran organizador. En poco tiempo nuestra división, la División del Norte, a la que he llamado y llamaré el primer poder de la América, marchó al encuentro de Pascual Orozco.
En el primer combate, en la falda de la Sierra de Banderas, Conejos, el empuje de nuestra columna iba a causar la derrota definitiva de los orozquistas; pero ...
Una derrota violenta significaba para mí escaso éxito. Se hubiera hablado de mi división, se me hubiera ascendido; pero nada más. ¡Y yo no quería un ascenso: yo iba a exigir por aquella campaña, el Ministerio de la Guerra!
Es tan antigua como el Ejército mexicano la táctica de prolongar las campañas. Las campañas producen prestigio y dinero. Mientras más larga es la campaña, es más productiva.
Y yo, siguiendo lecciones antiguas, prolongué la campaña.
El general Joaquín Téllez, inepto y caduco, fue el encargado de cargar sobre el enemigo, de destrozarlo. Naturalmente, el enemigo tuvo tiempo de embarcarse en sus trenes y huir.
El espíritu de mi columna creció entonces; con aquella victoria ya no era posible tener derrotas.
Siguió la marcha victoriosa.
Es verdad que yo bebía coñac todos los días y a todas horas. Pero podía hacerlo. Al cuidado de las tropas iban jefes competentes. Por esto cuando dimos la acción de Rellano, logramos el triunfo, no obstante que hubo un gran desorden.
No quiero tener la gloria para mí solamente. La artillería que mandaba Rubio, y el reconocimiento que hizo este joven jefe, fue todo. El es, con sus oficiales, con toda la división, quien triunfó en Rellano.


Los militares políticos

Pero si Rubio triunfó allí y Rábago obtuvo un triunfo de los más grandes en el combate de la Cruz, donde sin artillería venció a los orozquistas, el triunfo político era mío.
Político he dicho y no retiro la palabra. Política era la que estaba yo haciendo: política en favor de mi persona: atraía con las victorias, la atención de toda la República. La prensa empezaba a hablar de mí poniéndome en parangón con don Francisco Madero; se me señalaba como el salvador de éste.
Sobre el campo de operaciones yo me dedicaba a hacer amigos. Me adoraba la tropa; los jefes y los oficiales, todavía resentidos por el triunfo de la Revolución, volvían a mí los ojos, deseosos de que yo fuera el vengador del Ejército, como se atrevió a decirlo un jefe en un banquete que se me ofreció.
Recibía felicitaciones de los políticos y cartas entusiásticas de militares que querían unirse a mi columna. En una palabra: progresaba en mi camino hacia la Presidencia.
El incidente de Villa, debido a una yegua, y otros pequeños choques con don Abraham González, gobernador de Chihuahua y uno de los más fervientes amigos de don Francisco Madero, hizo que se emprendiera una campaña en mi contra por Emilio Madero, que iba como coronel honorario en la división de mi mando y por el citado Don Abraham.
Uno de mis oficiales me dijo que Emilio Madero había presumido que yo no sería leal a su hermano. Era verdad esta acusación que se hacía al coronel Madero, de murmurar. Pero me callé y lo traté mejor.
Al llegar a Chihuahua, ya batido y aniquilado Orozco, los oficiales de la División del Norte no tenían empacho en declarar su hostilidad al Gobierno y su adhesión a mí. En banquetes, en cantinas, en casas particulares, gritaban los oficiales vivas a mi persona, y mueras al Presidente Madero.
Yo pensé que no era el momento oportuno.
Quise acallar las murmuraciones; pero no lo hice en forma que se ofendieran mis amigos los oficiales y jefes, a los que sin que ellos lo supieran, había convertido ya en propagandistas políticos.
Yo fuí quien mezcló a los militares en política. Yo fuí quien no reprimió las manifestaciones políticas de los soldados contra el Primer Magistrado de la Nación. Soy el autor -con ello- de la resurrección de los cuartelazos en México; el causante de la ruina de la institución que vió con repugnancia el complot de Tacubaya, porque en él estaban mezclados algunos oficiales, y que luego tomó parte en asonadas de toda especie.
Pero lo hice para servir mis planes políticos; no lo hice inconscientemente.
Cuando el señor Presidente me llamó a la capital de la República, me presenté acompañado del jefe militar que traía un prestigio ganado sólo con esfuerzos sanos, Rubio, y le protesté mi adhesión.
Un día que le llevé unas fotografías de un tiro de ráfaga, me encontré al gobernador de Coahuila, don Venustiano Carranza, que me saludó con frialdad. ¡Vi en este hombre a un enemigo: él también quería ser Presiderite y me había adivinado!
Muchos oficiales y jefes de mi columna me propusieron la rebelión. ¿Si la División del Norte había triunfado de la revolución orozquista; si habíamos derrotado a la fuerza armada más poderosa de cuantas hasta aquellas fechas se habían enfrentado con el Gobierno, si el Ejército estaba representado por mi columna, que era el único núcleo formidable, invencible, por qué, entonces, no nos rebelábamos contra el Presidente y lo derrocábamos de un solo golpe?
Ante todos, la empresa se reducía a volvernos hacia la capital de la República y tomarla en un combate en el que con toda facilidad y de antemano, llevábamos las más grandes ventajas. Así pensaban todos, menos yo.
La División del Norte tenía, entre sus componentes, algunos cuerpos de antiguos maderistas, revolucionarios algunos de prestigio. El mismo Emilio Madero formaba -como ya he dicho- parte de mi columna. Y por más que había hecho esfuerzos para atraerme aquella gente, no lo había conseguido. Emilio Madero era el defensor de los maderistas de mi columna. La gente de Villa estaba aún con nosotros. Abraham González trabajaba por don Francisco Madero con gran tenacidad.
También algunos jefes y oficiales de mi columna parecían conservar su independencia de criterio. El general Rábago, Trucy Aubert y Rubio Navarrete, no me hubieran seguido.
Por eseo no me rebelé contra Madero cuando era jefe de la División del Norte.
Ya he dicho que el señor Presidente Madero me recibió muy bien a mi llegada a la capital. Don Gustavo también tuvo para mí grandes elogios y yo procuré hacerme agradable a este hombre, en el que siempre vi una fuerza política enorme en los asuntos de la administración maderista.
Pero si para Madero era yo un hombre leal, para su Gabinete era un traidor. La política que me había hecho don Abraham González daba sus frutos.
Inopinadamente, cuando yo menos lo esperaba, el señor Presidente me comunicó que cesaba en el mando de la División del Norte.
Estaba yo en México y era un día de mi santo cuando recibí la noticia de que todo aquello que yo había creado, aquel poder que llamaría con orgullo, repito, el primero de la América, se venía por tierra.
Medité fríamente. Bebí muchos días más de lo que acostumbraba y ... ¡esperé!


La corrupción del Ejército
Los políticos y los conspiradores de México ya me señalaban como el único hombre capaz de derrocar a Madero.
Había fracasado mi discípulo Félix Díaz en Veracruz. El desaliento de los que creyeron en Félix como en un salvador, era notorio. Sólo Ocón insistía, con mi buen amigo Rodolfo Reyes, en salvar la vida del prisionero de Ulúa.
Pascual Orozco había cruzado la frontera del Norte y sólo Marcelo Caraveo, su segundo, seguía combatiendo, con muy escasos elementos y sin poder resistir los ataques que las autoridades americanas hacían a la revolución, negándole la entrada de cartuchos y de armas.
Y bien, en aquella atmósfera de maderismo triunfante, yo respiraba ya el aire del triunfo.
Yo no creo en la opinión pública ni en el prestigio de los hombres. Para mí es igual utilizar a mi sobrino Joaquín Maass que al general Rábago. A la época de terrdr que desarrollaron mis ministros, nunca le di importancia como no se la daba a las medidas de conciliación.
Creo que para un gobernante es igual que los hombres que lo rodean, distribuyan oro o que asesinen.
Esto lo he comprobado en mi administración. Para mí, pues, todo es el éxito.
Una vez se lo dije a mi compadre Urrutia: si yo tengo armas y hombres, yo triunfo y hasta lo feo se me quita, compadre.
¡Por eso me importaba muy poco el prestigio de Madero ; yo seguía pendiente de los sucesos que se desarrollaban en el corazón del Ejército: allí estaba todo!
Como he dicho, yo mezclé en política a mis oficiales y esta labor, hecha por mí con toda conciencia, la hilo don Francisco Madero con toda inconsciencia. Y señores, un militar que hace política, cuando no es un Porfirio Díaz, está perdido, irremisiblemente perdido.
Imagináos un ejército que sigue a su jefe por simpatja que va más lejos que la que debe tener un subordinado para su superior: si el jefe le contraría, lo abandona en el acto.
Pero yo hice política hasta con los ascensos. ¡Yo ascendí tan rápidamente a mis oficiales, que en menos de tres meses me vi rodeado de napoleones! ¡Todos se creían con dotes de mando: todos se consideraban postergados por los superiores que Madero me había enviado en calidad de coroneles honorarios; y todos veían en mí al hombre que había de concederles el generalato que los librara de aquellos coroneles de petate!
La oficialidad que escapó a esta acción mía, fue tan sólo una reducida parte del gran núcleo militar que era a mis órdenes. Para ella tengo una frase de admiración.
El señor Presidente dijo en uno de sus discursos del Colegio Militar, a los alumnos del mismo:
El día que yo me aparte de la línea del deber; los autorizo para que vuelvan sus armas contra mí.
Yo no me comprendo, pero tampoco puedo comprender a Francisco Madero. ¡ Y eso que éramos tan diferentes! ...
La Tribuna, órgano que cooperaba a mi labor política por la asombrosa habilidad que desplegaba su director, el señor licenciado don Nemesio García Naranjo, enemigo de los más inteligentes de la Revolución, inició una campaña disolvente como ninguna, incitando al Ejército a rebelarse contra el Gobierno.
Era frecuente que García Naranjo y yo nos reuniéramos en la casa de mi compadre Urrutia para hablar de política. Allí se me incitaba a revolucionar contra el Presidente Madero. Discutíamos todas las posibilidades, pero yo siempre me mostraba reservado para dar mi opinión.
La campaña que en la Cámara de Diputados inició el llamado triángulo parlamentario, que estaba integrado por los licenciados José María Lozano, Francisco M. de Olaguíbel y García Naranjo, crecía diariamente en interés por el licenciado Querido Moheno, que se había separado del grupo maderista y pugnaba contra él demostrando una gran actividad.
Así es que con mi oficialidad, que hacía ya labor sediciosa en varios puntos de la República, y con La Tribuna, que encarnaba las aspiraciones de los militares y decidía a éstos a la sublevación, ya veía muy próxima la oportunidad de asestar un golpe de muerte al maderismo.
Otra de las razones por qué no me sublevé en esos días contra Madero, no puedo explicarla lo suficiente para ser comprendido. Sin embargo, voy a tratar de hacerló, pues para los que tengan interés en conocer hasta lo más profundo de mi alma, es muy importante que les diga esto.
El alcohol ha neutralizado en mí la acción, sólo en parte. Dígase lo que se diga, el alcohol mata las energías y a muchos hombres los aniquila por completo. A mí no me produce un efecto tan decisivo, pues pocas veces he quedado en el estado de inconsciencia en que quedan los que beben mucho en pocas horas, pero sí en mi larga vida ha ido minando mis facultades. Débese a esto que se repitieran muchas torpezas durante mi Gobierno; también que ocurrieran en tantas ocasiones los mismos errores.
Yo dejé hacer muchas cosas porque no podía impedirlo más que por un momento; pero si la falta cometida por mis amigos se repetía, entonces les dejaba hacer lo que les viniera en gana, sin objetar nada, sin oponerme, sin mostrar enojo.
Por otra parte, yo siempre tuve fe en mi destino. No creo que pueda ocurrir nada que no esté previamente señalado por los hechos anteriores. Soy fatalista como todos los indios, y al mismo tiempo soy creyente.


Mi odio a Madero

Pues bien, para no rebelarme en tiempo inoportuno, concurrió, principalmente, mi falta de acción. El alcohol mataba mis anhelos de prosperidad, me obligaba a dejar pasar los acontecimientos sin que yo tuviera otra idea que ésta: yo aprovecharé el momento oportuno para derrocar a Madero.
Mi aversión por el señor Presidente y por su hermano, crecían en mi corazón en las largas horas de tedio que vivía en mi casita de la calle de la Colonia de San Rafael.
Pasaba el día bebiendo con mis amigos y oyendo las quejas de éstos, quejas muy amargas y que escondían esta sola intención: que me sublevara.
Mis ahorros como jefe de la División del Norte llegaban a treinta mil pesos. Construía con gran actividad unas casitas, realizando con ello uno de mis ensueños acariciados durante toda mi vida.
Los conspiradores contra don Francisco I. Madero empezaron a asediarme. Uno de mis oficiales -no diré su nombre nunca- me propuso la sublevación en una forma tan violenta y tonta, que tuve que decirle:
- Si vuelve usted a proponerme tal cosa, lo mandó a Santiago. (Prisión militar). Lo hubiera hecho, pues ya he dicho que a mí no me importaba nadie de los que me rodeaban: a nadie quería ni a nadie quiero. Además, ya don Francisco Madero estaba abrumado por las denuncias que se le hacían de mí. Todos veían en mi persona a un traidor, todos menos él.
Por fin ocurrió el Cuartelazo de Febrero, movimiento que se denominó impropiamente felixista, cuando no fue sino reyista, pues a él concurrieron todos los elementos reyistas.
ConvencI a mis amigos de que yo no conspiraba y, sin embargo, alenté a todos a conspirar: hice creer, no en mi lealtad, sino en mi abstención, y Mondragón se lanzó a la aventura en que quedó envuelto mi discípulo Félix y muerto mi jefe, el señor general don Bernardo Reyes.
Antes me había propuesto Enrique Cepeda, capturar al Presidente.
El plan de mi compadre, porque Cepeda no sólo era mi amigo, sino también mi compadre, pues me había prestado servicios que yo correspondí llevando a una de sus hijitas a la pila bautismal, era tan sencillo como seguro; pero inútil para mí.
Se trataba de capturar al señor Presidente cuando pasara por el Paseo de la Reforma, cosa que hacía todas las mañanas, y llevarlo en un automóvil hasta Morelos, o fusilarlo.
Para mí la sola desaparición del señor Presidente, era inútil y hasta contraproducente: el grupo maderista hubiera seguido en el Poder. Para condensar: mi odio hubiera quedado satisfecho; pero ... ¡yo quería ser Presidente!
Deseché la proposición, en la que sólo se exponian Cepeda y uno de mis ayudantes.
Me habló Mondragón para conferenciar sobre la sublevación que se iniciaría con un cuartelazo en la capital. Mi general Reyes quedaría al frente del Gobierno y mi discípulo Félix en un Ministerio. Yo en el de Guerra. Yo exigía la Presidencia. El general Reyes, al saber mis aspiraciones, dijo:
Mándenlo a la ...


El fracaso de Díaz

No sé por qué llaman inteligente a Mondragón. Es activo, activísimo; pero no inteligente. ¡Proponerme que le diera todo mi prestigio militar, que era nacional, a mi general Reyes, que había fracasado, era desconbcer mis ambiciones, era creerme un soldado vulgar, con aspiraciones a un Ministerio! A mí, que era todavía en espíritu y casi en realidad, el jefe de la División del Norte, el poder militar que a un llamado mío, aplastaría a cualquiera que se enfrentara.
Señores, el político que no conoce a los hombres, no es político ni es inteligente. ¡Y Mondragón necesitó que yo lo aniquilara para conocerme!
Varios oficiales me comunicaron que la sublevación de los reyistas y felixistas, iba a estallar dentro de una hora. Me dormí tranquilo y esperé.
Es muy difícil triunfar en las ciudades por un cuartelazo. Sí se obtienen rápidos triunfos, pero tan efímeros que no recuerdo en estos momentos sino fracasos para los que se han alzado contra el Gobierno en la capital de la República.
El mismo oficial que me comunicó detalles de la sublevación de algunos oficiales de la Escuela de Aspirantes, me despertó más tarde, en la mañana del 9 de febrero, y me dijo que se iba a poner en libertad a mi jefe el general Reyes.
Entonces cruzó por mi mente una idea: batir a los del cuartelazo y crecer ante los ojos del señor Presidente; obtener la Cartera de Guerra y así llegar por alguna combinación a la Presidencia de la República.
La desorganización de aquel grupo de oficiales y civiles que mandaba Mondragón, era tan notoria que con un escuadrón de rurales yo los hubiera pasado a cuchillo en media hora.
Pensaba en esto al salir a la calle, para conocer la verdadera situación, pues la idea general ya la conocía muy bien, cuando me dijeron mis oficiales que mi jefe había sido muerto frente al Palacio Nacional.
Tomé un automóvil, para dirigirme a la Comandancia Militar.
¿Qué pensé en el camino? Las noticias que me habían dado, aseguraban un éxito a favor del Gobierno. Muerto ei general Reyes y disuelto el núcleo de fuerzas que lo habian seguido en su aventura, era de suponerse que el cuartelazo había fracasado. De pronto me asaltó esta idea: mis enemigos pueden aprovecharse de mi situación actual y complicarme en el movimiento fracasado; pero si llego a tiempo de ayudar a la extinción de la asonada, entonces recupero el lugar de estimación en que me tienen los prohombres del Gobierno.
Saqué la cabeza fuera de la ventanilla para ordenar al chofer que apresurara la marcha del automóvil, y en aquel momento vi al Presidente Madero.
Yo no dudé nunca de que don Francisco Madero supiera enfrentarse ante una situación difícil; y aun más: lo creía inconsciente como a cualquiera de mis soldados gue ignora la causa del combate. Pero ante el espectáculo que presentaban los alumnos del Colegio de Chapultepec; el arma al brazo, rodeando al Presidente que iba al lugar que le correspondía, sin saber con firmeza si iba a la mUerte, yo que soy soldado, no pude admirar al señor Madero, pero sí lo consideré como un hombre difícil de ser derribado del Poder.
Salté del coche y me puse a sus órdenes. ¡Recibí algunas noticias inmediatamente y en el camino de la glorieta de Carlos IV a la fotografía Daguerre, menos de mil muertos, comprendí que se acercaba el fin del Gobierno maderista!
Media hora más tarde yo era nombrado Comandante Militar de la Plaza de México, es decir, era el jefe de las operaciones contra el grupo de sublevados.
La sangre
En ninguno de mis combates había visto tanta sangre como vi en la Plaza de la Constitución. Hago memoria de aquel cuadro, para dar amenidad a estos apuntes, pero no porque haya dado yo ninguna importancia a aquella hecatombe en la que sucumbió mucha gente, pero que la hicieron los soldados del Gobierno en cumplimiento de su deber.
Más de mil cadáveres yacían en los portales de la Plaza de Armas, en los jardines de la catedral, en las calles, en los prados del kiosco central.
Agrupados o diseminados, los muertos alfombraban algunos trechos, hacían imposible el paso.
Había cadáveres de niños papeleros; de damas de alta alcurnia, de barrenderos, de comerciantes, de mujeres, de niños de pecho ... Por todas partes se extendían las manchas de sangre que humeaba o hacía grandes y obscuros coágulos.
Los heridos se quejaban o lloraban; algunos se movían penosamente, otros se arrastraban dejando huellas rojas en el asfalto de la calle.
Y de pronto, dominando todos aquellos ayes y lamentos, la turba que anunciaba la proximidad del Presidente prorrumpió en un grito: ¡Viva Madero!
Dentro del Palacio yacían quinientos heridos y en los corredores y en las puertas de la Comandancia había tantos, que no se podía caminar.
El general Villar había cumplido con su deber. Muy enfermo de artritis, casi sin poder andar, Villar, no había desdeñado salir de su casa para dirigirse a la Comandancia en el Palacio Nacional. Redujo al orden a las fuerzas del 20° Batallón, que se hallaban comprometidas con los sublevados y batió al gran núcleo que se presentó en Palacio.
Para los militares, la conducta del general Villar fue digna de todo elogio. Pero los civiles, lo consideraron como un asesino. Villar es el tipo del militar que no hace politica; enérgico y valiente, aunque ya esté muy viejo. Sus primeras declaraciones, cuando logró levantarse de la cama del Hospital Militar, donde estuvo a punto de sucumbir, las hizo públicas la prensa. Declaró que había ordenado se hiciera fuego sobre el general Reyes; que ya herido continuó organizando una guerrilla, hasta que me entregó el mando.
Ignoro por qué los de la Ciudadela no lo mataron cuando estaba en cama; me sorprende que la Revolución lo tenga sin su sueldo y abandonado.
La muerte del general Mariano Ruiz la ordenaron un grupo de civiles y el Ministro de la Guerra. Se consumó en el jardín del Palacio Nacional.
Era diputado, pero traía las armas en la mano. Este hecho me sirvió más tarde para no vacilar ante el escándalo de segar vidas amparadas por el fuero constitucional.



Mi compadre y Joaquín

Mi primera orden fue para que se echara agua en el Patio de Honor del Palacio.
Y mientras recibía a mis oficiales y a los paisanos que me daban noticias; y mientras el Gobierno se instalaba en los salones, yo pensaba si había llegado a mí ya el momento oportuno.
Todo consiste en esto -me decía a mí mismo- todo se gana, si yo no dejo esta oportunidad que me favorece mucho, pues, me pone una vez más ante la Nación, como el hombre del día. Si ya los sublevados habían fracasado (y si habían fracasado era sólo porque yo no estuve con ellos), lo que me convenía era demostrar lealtad ante el Gobierno. Pero ¿y si no habían fracasado?
Cepeda, mi compadre Cepeda, me sacó de las dudas y me marcó un camino, dándome los mejores datos sobre la situación de la pequeña columna de pronunciados.
Entonces vi qúe el momento oportuno iba a pasar y decidí aprovecharlo.
En telegramas y en conversaciones, no se hablaba sino del general Huerta. ¿Con quién está Huerta? -preguntaban del último rincón de la República.
Y cuando se les contestaba que del lado del Gobierno, aseguraban que aquello de la Ciudadela era cuestión de un momento.
Y, en tanto, yo esperaba.
Pero tenía noticias fidedignas de lo que ocurría. Se me escapaban las ideas de detalles y no encontraba la forma en que debía obrar de una manera enérgica y definitiva.
Esperé como siempre y me dispuse a desempeñar mi papel de la manera menos activa posible, para dar tiempo a que mis amigos me mostraran la verdad completa de los sucesos que se desarrollaban con una rapidez inesperada.
i algún militar lee estas memorias de su antiguo jefe, escuche este consejo que siempre les di y que hoy repito para grabarlo entre los de mi clase: los jefes de columna antes de entrar en acción deben hacer un reconocimiento personal, si es posible, de las posiciones del enemigo. Nunca hay que combatir si no se tienen buenos datos sobre el contrario. Esto da grandes ventajas sobre el enemigo y asegura el éxito final. Ya lo dice la táctica, pero yo le doy más importancia al reconocimiento que a cualquiera otra parte del combate.
Decía que mi compadre Cepeda me resolvió a tomar una actitud, porque él me dijo cuanto ocurría.
Personalmente había conferenciado con mi discípulo Félix y con Mondragón. Los dos jefes, encerrados en la Ciudadela con un puñado de soldados, me llamaban su único jefe, me reclamaban en nombre de viejas amistades. Una gran parte de la oficialidad de la muy reducida que estaba en la Ciudadela, rebelada, también me llamaba.
Comprendí la situación. Los sublevados estaban a mis órdenes, podía aniquilarlos en un momento; por otra parte, el señor Presidente estaba en mis manos, pero no podía tocarlo porque todas las fuerzas eran irregulares, es decir, maderistas.
Di tiempo suficiente a que los sublevados adquirieran alguna fuerza y a que se organizaran, pues era notoria su debilidad.
El señor Presidente se alistó para ir por refuerzos a Cuernavaca y en un arranque de locura él mismo salió de la capital de la República para llamar de Morelos al general Felipe Angeles.
En tanto yo vacilaba. Él pensamiento de que si los de la Ciudadela eran vencidos yo caería con ellos, me hizo contestar a Mondragón y a mi discípulo que esperaran, que no los atacarían, sino que me uniría a ellos más tarde.
Rápidamente el general Angeles, salvando todos los conductos, pero usando para ello el nombre del señor Presidente de la República, hizo una reconcentración de fuerzas. Con cierta habilidad, llamó a las irregulares, de preferencia; y a las mías las dejó donde se encontraban. Angeles desconfiaba de mí y tenía celos de la División del Norte.
El drama
Y empezó a desarrollarse el drama más sangriento en nuestra historia, señores; drama del que fui yo autor y cuyos secretos hoy paso al papel para darlos como testimonio a la verdad.
Mi compadre Cepeda me traía noticias del interior de la Ciudadela y llevaba las mías con una actividad y valor que elogio ampliamente.
Para no hacerse sospechoso, Cepeda cruzaba a la hora de los tiroteos y entre dos fuegos salía y entraba siempre con un gesto de desdén para la muerte. Cepeda, señores ... ya hablaré más tarde de este hombre que me fue adicto como ninguno de los que me rodeaban.
Mi nombramiento de Comandante General de la Plaza de México, me permitía elegir la forma de combate sobre los pronunciados.
Ya he dicho que Madero no desconfiaba de mí; pero sus ministros sí. Especialmente García Peña, el Secretario de la Guerra y viejo camarada mío ¡comprendía que yo andaba conspirando!
Pero Madero me quería y se empeñaba en demostrarme su confianza.
Desde el momento en que fui Comandante Militar de la Plaza, Madero estaba perdido.
Olvidaba un detalle importante: lo primero que hice fue enviar a mi sobrino Joaquín (Maass) a comunicar a los sublevados que tomaran la ciudad a toda costa.
La gente del cuartelazo ya estaba dispersada; sólo Félix con unos ciento cincuenta hombres marchaba con rumbo incierto, dirigido por el mayor Trias, el más entusiasta de los comprometidos.
Recuerdo que Joaquín -llamaré así a mi sobrino, pues la costumbre me obliga a suprimir su apellido-, me contó la situación de los sublevados y más tarde me dijo cómo había comunicado mi primera orden, al general Mondragón y a Félix.
Llegó Joaquín a la plazoleta donde se alzaba una columna con un reloj en la calle de Bucareli y allí dijo al general Mondragón que mi orden era atacar y tomar la Ciudadela.
Cuenta Joaquín que como Mondragón estaba a un lado de la bocacalle y del otro Félix, incitó al general a que pasara por entre los balazos, en la zona abatida como decimos nosotros; pero Mondragón temió cruzar la calle ...
Joaquín, que es hombre, pasó por el fuego y cumplió mi orden.
La Ciudadela cayó porque el general Dávila estaba en ella y porque el general Villarreal había sido herido de muerte en el ligero ataque que hicieron los sublevados. A Villarreal no se le ha señalado como valiente; pero lo era y también era un hombre de honor. Fue a la Ciudadela porque se sentia soldado; por entereza de alma.
Los sublevados tocaron dianas al entrar a la Ciudadela y estas dianas se oyeron a muchos kilómetros, pues antes de que transcurrieran dos horas, los doscientos hombres que entraron tenían más de mil amigos y adeptos a su lado.
Se organizó la defensa de la plaza y ya en la tarde supe que estaban dispuestos a hacer alguna resistencia. Yo no necesitaba más.
Empezaron mis arreglos con los jefes del cuartelazo.
Mi compadre Cepeda y mi sobrino Joaquín llevaron saludos y promesas mías a los que se habían entregado a mí en lo absoluto, pues bien sabían que podía despedazarlos en un momento.
El día 10, un día después del cuartelazo, ofrecí una cita personal a Félix en la dulcería de El Globo, en la Avenida Principal de México. Fue Félix. Yo le envié a un amigo, me parece que a Guasque.
Después fue a cenar a la Ciudadela y a conferenciar con el Ministro de Estados Unidos en México, Mr. H. L. Wilson, que odiaba a Madero porque era revolucionario.
Allí iba con frecuencia Félix o bien el hijo de mi jefe, el licenciado Rodolfo Reyes.
Tuve en varias ocasiones que cañonear la Ciudadela, pues se les olvidaba a los que estaban dentro que yo era el alma y que su salvación estaba en mis manos.


Un sacrificio de 5,000 vidas

A todo esto las víctimas caían; primero por centenares, después a millares.
Con frecuencia me he preguntado a qué se debe mi indiferencia por la vida humana. Yo no siento nunca que la piedad conmueva mi corazón: ¿es éste de piedra? ¿el alcohol, que en tanta abundancia he ingerido, atacó mi entraña y aniquiló en ella la sensación? Yo no siento lo que he oído llamar la voluptuosidad de matar, no. La muerte de un ser humano produce en mi ser el mismo sentimiento que la caída de la hoja de un árbol.
Es por esto que para poder esperar el momento oportuno, del que tanto he hablado, dejara que la tragedia se desarrollara, aniquilando vidas humanas. Con frecuencia me daban parte de que una familia había sido muerta por un proyectil lanzado desde la Ciudadela, pues dieron los sublevados en tirar granadas a los cuatro rumbos, sin ton ni son; otras veces enviaba columnas a la muerte. Eran los rurales, los irregulares que tanto me habían obligado a esperar.
Como entraban por las calles, las ametralladoras los aniquilaban. ¡Hubo un cuerpo que entró a caballo al asalto de la posición enemiga!
Yo, con absoluta indiferencia para las víctimas, continuaba mis arreglos.
Hasta hoy me he puesto a pensar que para llegar al Poder sacrifiqué más de cinco mil vidas en sólo ocho días.
Pero eso no quiere decir que me arrepienta, señores: yo no me arrepiento nunca de lo que hago. No se arrepientan ustedes tampoco.
Por mi serenidad pude ocupar mi mente en preparar el golpe de muerte al señor Presidente.
Los arreglos duraron poco tiempo; pero yo no podía operar, porque las fuerzas que llegaron a la plaza eran irregulares. Las había de línea; pero el pésimo resultado del golpe de la Ciudadela; la seguridad que tenían todos los militares de que los sublevados que se hallaban encerrados en el corazón de la ciudad estaban perdidos, originaba que todos se fueran a la cargada, es decir, a favor de Madero.
Los mexicanos somos así, según dice Bulnes. Nos vamos a la cargada ...
En Palacio no se hablaba de otra cosa sino de acabar con la Ciudadela. Las granadas que habían arrojado desde aquel lugar hasta el en que se encontraba el señor Presidente, no causaban pánico: aumentaban las energías de aquel hombre incomprensible.


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